El juego como lenguaje: por qué Reggio Emilia lo considera el corazón del aprendizaje
Cuando un niño pasa una hora entera moviendo piedritas de un lado a otro, construyendo y derrumbando una torre de bloques o mezclando colores con los dedos sin ningún "propósito visible", muchos adultos sienten el impulso de intervenir. "¿Qué estás haciendo? ¿Para qué sirve eso?"
La pedagogía Reggio Emilia tiene una respuesta clara: está aprendiendo. Y lo está haciendo de la manera más profunda y genuina que existe.
En este artículo te contamos por qué el juego ocupa un lugar central en esta filosofía educativa y cómo esa mirada puede transformar la forma en que acompañamos a nuestros hijos en casa y en la escuela.
El juego no es "lo que hacen los niños mientras esperan aprender"
Uno de los malentendidos más comunes en la educación tradicional es pensar que el juego es una pausa entre las actividades "importantes". Se le da tiempo al recreo como recompensa, se lo utiliza como descanso, pero rara vez se lo reconoce como lo que realmente es: el modo natural de aprendizaje de la infancia.
Reggio Emilia invierte esta lógica por completo.
Loris Malaguzzi, el pedagogo italiano que desarrolló esta filosofía en la ciudad del mismo nombre tras la Segunda Guerra Mundial, entendía el juego como un acto intelectual, emocional y social de primer orden. Para él, cuando un niño juega no está evadiendo la realidad: la está comprendiendo, interpretando y transformando.
No es que los niños aprendan a través del juego como si fuera un vehículo conveniente. Es que el juego es el aprendizaje en sí mismo.
El concepto de los 100 lenguajes y su relación con el juego
Una de las ideas más poderosas de Reggio Emilia es la de los "100 lenguajes del niño". Malaguzzi sostenía que los niños tienen cien maneras de pensar, de expresarse, de relacionarse con el mundo: a través del dibujo, la música, la construcción, el movimiento, la danza, la arcilla, el drama, las palabras y muchas otras formas.
El juego es el espacio donde todos esos lenguajes conviven y se entrelazan de manera espontánea.
Cuando dos niños de cuatro años construyen juntos una "casa para los bichos" con palitos y hojas en el patio, están:
- Negociando y comunicando ideas (lenguaje verbal)
- Resolviendo problemas de estructura y equilibrio (pensamiento matemático y científico)
- Representando sus conocimientos del mundo (pensamiento simbólico)
- Colaborando y gestionando diferencias (habilidades sociales y emocionales)
- Observando la naturaleza con atención (capacidad de investigación)
Todo eso ocurre sin que ningún adulto haya diseñado una "actividad educativa". Ocurre porque se les dio tiempo, espacio y materiales.
El papel del adulto: observar antes de intervenir
Una de las transformaciones más profundas que propone Reggio Emilia no tiene que ver con los niños, sino con nosotros, los adultos.
En este enfoque, el rol del educador —y también del padre o la madre— no es dirigir el juego ni llenarlo de consignas. Es observar con atención y desde la confianza.
Esto no significa abandonar a los niños a su suerte. Significa confiar en que lo que están haciendo tiene sentido y valor, aunque no lo entendamos a primera vista. Significa resistir el impulso de corregir, de acelerar, de redirigir hacia algo "más productivo".
Una maestra de un jardín de infantes inspirado en Reggio Emilia no pregunta "¿qué estás haciendo?" para interrumpir. Observa, toma nota, y en todo caso pregunta con genuina curiosidad: "¿Me contás lo que estás pensando?"
Esa diferencia de actitud lo cambia todo. El niño siente que su exploración importa. Que su proceso tiene valor. Y eso, con el tiempo, construye un tipo de confianza en sí mismo que ninguna hoja de ejercicios puede generar.
El entorno como tercer maestro
Reggio Emilia habla de tres maestros fundamentales en la vida de un niño: los adultos, los pares (otros niños) y el entorno.
El espacio físico en el que el niño juega no es un telón de fondo neutro. Es un maestro activo que invita, propone, desafía y habilita.
Un entorno pensado desde esta filosofía tiene algunas características particulares:
Materiales abiertos y naturales. Arcilla, arena, agua, telas, madera, elementos de la naturaleza. Materiales que no tienen una única forma de usarse y que responden al tacto, al olfado, a la vista. Materiales que "hablan" al cuerpo del niño.
Luz natural y espejos. La luz es considerada un material en sí mismo. Los espejos permiten a los niños observarse, duplicarse, verse desde otro ángulo. Son herramientas de autoconocimiento y asombro.
Orden y belleza. Los espacios Reggio no son caóticos aunque promuevan la exploración libre. Están organizados con cuidado y atención estética, porque la belleza también educa. Un espacio ordenado y bello comunica que lo que allí ocurre tiene valor.
Documentación visible. Las paredes muestran el proceso de los proyectos: fotos, dibujos, preguntas escritas de los niños, registros de sus conversaciones. El espacio "recuerda" y celebra el aprendizaje.
Este tipo de entorno puede recrearse, al menos en parte, en casa. No hace falta una infraestructura costosa. Hace falta intención.
El juego simbólico y su importancia en los primeros años
Entre los dos y los seis años, el juego simbólico o dramático ocupa un lugar central en la vida de los niños. Es cuando la escoba se convierte en un caballo, cuando la caja de cartón se transforma en un barco y cuando la nena "hace de mamá" con absoluta seriedad y convicción.
Reggio Emilia valora profundamente este tipo de juego porque en él los niños no solo imitan el mundo adulto: lo procesan, lo interpretan y lo resignifican.
A través del juego simbólico, un niño que vivió algo difícil puede representarlo con muñecos y encontrar cierta distancia emocional. Un niño que tiene dudas sobre cómo funciona algo puede recrearlo para entenderlo mejor. Un niño que quiere explorar distintos roles sociales puede hacerlo en un espacio seguro, sin consecuencias reales.
Es, en definitiva, una forma sofisticada de pensar.
Cuando interrumpimos el juego simbólico antes de tiempo, cuando lo dirigimos hacia donde nosotros queremos o cuando lo desvalorizamos con frases como "eso es una tontería, andá a hacer algo útil", privamos al niño de una herramienta fundamental de su desarrollo.
¿Qué podemos hacer en casa?
Acercar la mirada de Reggio Emilia a la vida cotidiana no requiere cambiar toda la casa ni comprar materiales específicos. Requiere, sobre todo, un cambio de perspectiva.
Algunas ideas concretas para empezar:
Dale tiempo sin estructura. No todo el tiempo libre tiene que estar organizado con actividades. El aburrimiento es el punto de partida del juego genuino. Cuando un niño dice "no sé qué hacer", lo más valioso que podemos responder es: "Ya vas a encontrar algo." Y esperar.
Ofrecé materiales abiertos. Cajas vacías, telas, arcilla, arena, agua, papeles de distintos colores y texturas, elementos de la naturaleza. Materiales sin una forma de uso predeterminada que inviten a la experimentación.
Observá sin intervenir. La próxima vez que tu hijo esté jugando, antes de acercarte, quedate un momento a observar. Sin hablar. Sin preguntar. Solo mirar. Vas a descubrir cosas que no imaginabas.
Preguntá con curiosidad genuina. Si querés entrar en su juego, hacelo como un visitante respetuoso. Preguntá qué está pasando ahí, quiénes son los personajes, qué necesitan. No para redirigirlo, sino para entenderlo.
Documentá sus procesos. Sacá fotos de sus construcciones antes de desarmarlas. Escribí en un papelito las cosas que dice mientras juega. Guardá alguno de sus dibujos con la fecha. Esa documentación no es solo un recuerdo: es un mensaje claro de que lo que hace importa.
Para cerrar: confiar en la infancia
Reggio Emilia nos invita a hacer algo que, paradójicamente, puede ser lo más difícil para los adultos: confiar en los niños.
Confiar en que cuando juegan están aprendiendo. Confiar en que sus preguntas, aunque parezcan absurdas, son el origen de todo pensamiento profundo. Confiar en que no necesitan que llenemos cada momento con una enseñanza explícita.
Los niños nacen con una curiosidad extraordinaria. Nuestra tarea no es encenderla. Es, simplemente, no apagarla.
Y eso empieza por tomarnos en serio el juego. El de ellos, que es la cosa más seria del mundo.
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